Un automático de tres manecillas tiene entre 120 y 200 piezas, y ninguna de ellas necesita batería: la energía viene del movimiento de su muñeca. Aquí puede abrir uno por dentro, pieza por pieza, y ver en qué orden se desarma sobre la mesa de un relojero.
Toque cualquier número del diagrama para conocer la pieza. Es lo que usted ve y toca todos los días: la caja que protege, el cristal que deja mirar y la corona que lo pone en hora.
El calibre: la máquina que va dentro de la caja. En un automático, el rotor recoge la energía de su brazo, el barrilete la guarda, el tren la transporta y el escape la suelta en porciones exactas. El volante es el que decide cuánto dura cada porción.
El orden importa: cada paso libera el siguiente. Este es el recorrido que hace un relojero sobre la mesa, del brazalete hasta el barrilete.
Antes de empezar. Esto es material informativo. Abrir un reloj anula la garantía de fábrica en casi todas las marcas, y un solo grano de polvo dentro del calibre basta para alterar la marcha. Si su reloj está en garantía, o si es una pieza de valor, llévelo con un relojero. Si aun así quiere practicar, hágalo primero con un movimiento de estudio barato, nunca con el reloj que usa a diario.
Con la herramienta de barra de resorte, empuje el pasador hacia adentro por la ranura de la asa y libere un extremo, luego el otro. Trabaje sobre un paño para que el pasador no salga disparado.
Identifique primero el tipo de tapa. Si tiene muescas en el borde es roscada y se abre con llave de garras girando en sentido contrario a las manecillas. Si el borde es liso con una pequeña pestaña, es a presión y se levanta con cuchilla desde esa pestaña.
Antes de tocar nada, hay que liberar la tensión acumulada en el barrilete. Se sujeta la corona, se acciona el trinquete de retención con una punta fina y se deja que la cuerda se suelte poco a poco, controlando el giro con los dedos.
La masa oscilante se sujeta con un tornillo central o con un rodamiento de bolas atornillado al puente automático. Se afloja, se levanta recto y se guarda aparte: es la pieza más pesada y la que más daño hace si cae sobre el volante.
Debajo del rotor está el puente con las ruedas reductoras y el inversor, el juego que convierte el giro en ambos sentidos en cuerda en un solo sentido. Salen dos o tres tornillos y el puente completo se levanta con las ruedas puestas.
En un costado de la platina hay un tornillo o un pulsador de traba. Se presiona o se afloja media vuelta y la tija sale tirando de la corona hacia afuera. Sin esto, el movimiento no sale de la caja.
Se quita el aro de sujeción si lo hay y el calibre sale por atrás, empujando con suavidad desde el lado de la esfera. A partir de aquí el trabajo se hace sobre el portamovimiento, no sobre la caja.
Se cubre la esfera con una lámina protectora y se levantan las tres manecillas juntas con el extractor, tirando recto hacia arriba. Salen en el orden inverso al que entraron: segundero, minutero, horario.
La esfera se sostiene con dos tornillos laterales en la platina o con pies encajados a presión. Se aflojan y se levanta tomándola por el canto, nunca por la cara.
El puente del volante sale con un solo tornillo, y con él sale toda la asamblea: volante, espiral y raqueta. Es la pieza más delicada del reloj y la primera que se guarda aparte, en su propia casilla.
Después del volante sale el áncora con su puente, y luego el puente del tren, que descubre la rueda de escape, la de segundos, la intermedia y la central. Se levantan una por una y se colocan en la bandeja en el mismo orden.
Al final queda el barrilete, que se saca completo y solo se abre si se va a cambiar el muelle. Sobre la mesa tiene ahora la platina limpia y, alrededor, entre 90 y 150 piezas. El armado es exactamente el camino inverso, con aceite en cada rubí.
Cada automático del catálogo llega revisado en marcha, reserva y hermeticidad, con su documentación.
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